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  1. Cordero de Dios

    El “tiempo ordinario” se introduce, en la liturgia católica, mediante la presentación del Bautismo de Jesús. Esta fiesta –situada al final del tiempo de Navidad– se prolonga en la semana siguiente con la figura del “Cordero de Dios”, como Juan Bautista le denomina ante sus discípulos.

    Podemos escoger tres cuadros que nos presentan esta figura de Jesús como cordero manso y apacible que lleva a cabo la obra redentora, ofreciéndose en una entrega generosa por la salvación de cada persona y del mundo. En esa perspectiva la fe cristiana ayuda a encontrar un sentido al dolor, incluso al sufrimiento inocente.
     

                 1. “El cordero místico”, de los hermanos Van Eyck (1432), representa un altar en el centro de una gran campiña. Sobre el se yergue un cordero que mira de frente con un rostro casi humano –como las últimas restaraciones han puesto de relieve–, mientras sangra sobre un cáliz. Representa al “cordero pascual”, Cristo, que sangra por su corazón abierto en la Cruz, para llenar el cáliz de su obediencia amorosa a la voluntad del Padre y por tanto al plan de la Trinidad para salvar a los hombres.


    En cada Misa se recogen, antes de la comunión, las palabras de Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Jesús instituyó la Eucaristía en el contexto de una cena pascual, donde se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto por medio de la sangre de un cordero. Jesús es el verdadero “cordero pascual” que nos ha librado de la esclavitud del pecado y de sus consecuencias. Por eso, el cordero sobre el altar representa aquí el hecho de que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y de la Iglesia.

    Arriba, sobre el altar, se sitúa el Espíritu Santo en forma de paloma, cuyos rayos iluminan y vivifican toda la escena. Ante el altar encontramos una fuente: la fuente de la vida, que significa, según la Sagrada Escritura, la acción misma de Dios y de su gracia para los hombres. A los lados del altar se sitúan catorce ángeles, algunos muestran objetos relacionados con la pasión de Cristo: la cruz, la columna de la flagelación, la corona de espinas, la lanza que le traspasó. la esponja empapada en vinagre que le dieron a beber. Al fondo se dibujan una o varias ciudades (quizá alguna de ellas podría ser Utrecht, por su campanario), como evocando la Iglesia, ciudad de Dios o nueva Jerusalén, que se edifica misteriosamente en la historia a la vez que la trasciende.

    Abajo a la izquierda puede verse un grupo de judíos, leyendo las Sagradas Escrituras. Detrás, un grupo de paganos, entre ellos Virgilio, poeta romano, con su túnica blanca. A la derecha está representada la Iglesia Católica: delante los apóstoles y detrás, otro, santos y mártires (entre ellos se puede distinguir a san Esteban) y Papas.

    Arriba, a izquierda y derecha del altar, se sitúan los mártires y las vírgenes con las palmas de la victoria.


    2. En “la crucifixión” de M. Grünewald (1512-1516) aparece Cristo totalmente cubierto por bubones de peste, la misma enfermedad que tenían muchos de los contemplaban aquel retablo de Isenheim, a fines de la Edad Media.

    “En su propia cruz –interpreta Joseph Ratzinger– experimentaban la presencia del Crucificado y se sabían incluidos a través de su aflicción en Cristo y, por ende, en el abismo de la eterna misericordia. La cruz de Cristo la experimentaban como su salvación” (El Credo hoy, Santander 2013).

    A la izquierda del Crucificado, el apóstol san Juan consuela a la Virgen Madre, mientras María Magdalena, de rodillas, extiende sus brazos y sus manos juntas en oración. A la derecha, san Juan Bautista sostiene, en una mano, las Escrituras abiertas. Y dirige hacia Cristo el dedo índice de la otra mano, al lado de un texto que recoge las palabras: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). A los pies del Bautista, un pequeño corderillo sostiene una pequeña cruz, mientras sangra sobre un cáliz.

     


    3. El “Agnus Dei” (Cordero de Dios) de F. de Zurbarán (1635-1640) ofrece, sobre fondo oscuro, un primer plano de un corderillo, recostado y todavía vivo, con sus patas atadas y preparado para ir al matadero (cf. Is 53, 7). Es la viva imagen de la mansedumbre.

    Sobre Jesús, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ha dicho el Papa Francisco:

    “Detengámonos en el Evangelio, quizá incluso contemplando una imagen de Cristo, un “Rostro santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que por dentro nos dice: ¡Es Él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, solo Él ha cargado, solo Él ha sufrido, ha expiado el pecado de cada uno de nosotros, el pecado del mundo, y también mis pecados. Todos. Los cargó todos sobre Él y nos los quitó a nosotros, para que finalmente fuésemos libres, y nunca más esclavos del mal. Sí, aún somos pobres pecadores, pero no esclavos, no, no esclavos: hijos, ¡hijos de Dios!” (Angelus, 19-I-2020).


    El sufrimiento inocente


    4. Seis siglos antes de Cristo, en los Cantos del "Siervo sufriente", del profeta Isaías, estaba profetizado el sufrimiento de Jesús por la salvación de los hombres.

    Cristo nos ha redimido con su inocencia y mansedumbre, con su humildad y su servicio. Él, que es el más inocente de los “hijos de los hombres” y al mismo tiempo Dios verdadero hecho carne por nosotros, ha tomado sobre sí –también como cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico, y del género humano–, todas nuestras culpas y todos nuestros dolores.

    También asume Cristo el sufrimiento de los inocentes y la gran pregunta por su sentido, tal como aparece, por ejemplo, en el libro de Job, o como la formula Dostoiewsky (en Los hermanos Karamazov), o como se plantea modernamente “después de Auschwitz”.

    Escribe Raniero Cantalamessa: “Jesús no ha venido a darnos doctas explicaciones sobre el dolor, sino que ha venido a asumirlo silenciosamente sobre sí”.

    Por eso, ante el dolor inocente la actitud de un cristiano –como con frecuencia dice el Papa Francisco– debe ser básicamente la de toda persona, frente a lo que puede aparecer como un dramático sinsentido: el acompañamiento, quizá el llanto, el silencio ante el misterio. Pero también la oración.

    Como señala Cantalamessa, el dolor inocente es un tipo de sufrimiento que nos acerca especialmente a Dios. Así es, en la perspectiva cristiana: “Solo Dios, en efecto, sufre y sufre en sentido absoluto como inocente”. Él es el cordero “sin tacha y sin mancilla” (1 Pe 1, 19) que, sin haber cometido ninguna culpa, ha llevado sobre sí la pena de todas las culpas.

    “Jesús –añade el mismo autor– no ha dado sólo un sentido al dolor inocente, le ha conferido igualmente un poder nuevo, una misteriosa fecundidad”. Porque todo dolor inocente se une al de Cristo y recibe de Él la capacidad de engendrar esperanza y Vida.

    En relación con el sufrimiento, decía Viktor Frankl que lo mejor no es preguntarse “por qué” (¿por qué yo, por qué a mí?) sino “para qué”. En la misma línea se situaba –ya en la perspectiva cristiana– san Juan Pablo II, cuando señalaba que lo importante es preguntarse “qué nace del sufrimiento”.

    En una ocasión le presentaron a Jesús un muchacho ciego de nacimiento, preguntándole:

    “Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Y respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 2-3).

    El sufrimiento inocente se puede enfocar como una participación en los sufrimientos de Cristo (cf. Rm 8, 17), en solidaridad con todos los males y todos los dolores del mundo, y nos permite también asociarnos con Él en la gloria de su resurrección.

    En suma, es inútil intentar “explicar” el sufrimiento inocente. Pero la fe nos da esta "pequeña luz”: el inocente que sufre es signo y como “sacramento” del Amor de Dios y de su misterioso poder para quitar los males del mundo. Ciertamente, de una manera que nosotros no podemos comprender del todo.

    Pero sí podemos –propone Cantalamessa– hacer algo más. De entrada, no acrecentar ese sufrimiento, convirtiéndonos en “lobos” (como el de la fábula del cordero y el lobo), símbolo de debilidad y villanía.

    Podemos aconsejar a los inocentes que no se acerquen a los lobos ni dialoguen con ellos.

    Podemos animar a los jóvenes que escojan bien sus héroes y modelos, y defenderlos sobre todo de aquellos lobos que se les acercan disfrazados con piel de ovejas.

    En cambio, el Buen Pastor es Aquél que da la vida por sus ovejas (Jn, 10, 11), el pastor que se ha hecho cordero.

    También podemos intentar quitar el dolor o al menos disminuirlo. Refiere este autor el caso de alguien que, ante una niñita que tiritaba de frío y de hambre, se enfrentaba con Dios, diciéndole: “¡Haz algo!” Y que entendió que se le respondía: “Ya he hecho algo, te he hecho a tí”.

    Además debemos evitar el dolor innecesario a los animales y el daño injustificado a otros seres vivos e incluso a todo ser creado. Y reavivar nuestro compromiso ecológico como cristianos, pues la creación entera sufre esperando la manifestación de la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 22 ss).

     

  2. Domingo VII del Tiempo Ordinario

    CAMINEO.INFO.-


    Este evangelio se podría titular: de la venganza proporcionada, a responder el mal con amor. Expliquemos el porqué…

     

    Hemos empezado el evangelio escuchando una parte de la ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. La ley del Talión decía: “Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Éxodo 21, 23-25).

     

    Parece un poco brutal, pero en su momento esta ley buscaba una proporcionalidad en la venganza, que la venganza no fuera excesiva. Porqué el instinto natural es querer hacer más daño del que se ha recibido. Por tanto, si alguien te rompe un brazo, tú no le puedes romper una pierna, le puedes romper el brazo. Esto es lo que dice la ley. La venganza ha de ser proporcionada.

     

    Quizás nos cueste reconocerlo pero, algunas veces  estamos rigiendo nuestra vida por la ley del Talión. Pagamos con la misma moneda.

     

    Si no nos hablan, nosotros no hablamos, si nos ignoran, nosotros ignoramos, si nos ofenden, nosotros ofendemos, si no nos ama, nosotros no le amamos, si nos critican, nosotros criticamos, entonces, señores y señoras estamos en el Antiguo Testamento, y no estamos participando de la Vida Nueva del Cristo Resucitado.

     

    En la oración miremos nuestra vida y descubriremos algunas actitudes que responden a este esquema...

     

    Jesús supera la Ley del Talión, y nos llama a responder el mal con amor.

     

    Jesús nos viene a decir: no respondáis con la misma moneda, vosotros tenéis que responder con la moneda del amor. El “ojo por ojo” da paso a un amor sin medida, sin límites, sin condiciones...

     

    Cuando recibimos el mal, cuando nos hacen daño, el mal está fuera de nosotros, pero si nosotros reaccionamos haciendo mal, entonces, el mal entra dentro nuestro... y aparece la malicia y el rencor de los que hablaba la primera lectura. El rencor es un cáncer que nos devora por dentro...

    Son palabras difíciles las de Jesús “Habéis oído lo que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen”. Nunca nadie había hablado así, ni ha hablado así…

     

    Ante el enemigo, ante aquel que no nos quiere bien, no nos cae bien, ya nos parece muy heroico la indiferencia y el pasotismo, pues, Jesús propone el amor. Amar, siempre, en todo lugar, y a todo el mundo...

     

    Y después de dar la enseñanza pone un ejemplo para que miremos nuestra vida y valoremos cómo vivimos esta exhortación: “Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos?”

     

    Jesús nos pide ir más allá de lo que es humanamente normal...

     

    Jesús acaba con unas palabras que nos hacen sentir pequeños: “Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¡¡Buenos del todo!! ¡¡No un poco buenos!! ¡¡Si no del todo!!

     

    Todo esto parece imposible, inalcanzable, una tarea para unos pocos, para unos escogidos, para gente con  mucha voluntad,... ¡¡¡y no es así!!!

     

    Todo esto sólo es posible si Dios, si el amor de Dios habita en nosotros... Por esto San Pablo nos decía: “No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” San Tomás de Aquino decía: “La nueva ley es la del Espíritu Santo”. La presencia de Dios en nosotros dilata nuestro corazón para que amemos  como Dios ama.

     

    Abramos puertas para que Dios pueda habitar más intensamente en nosotros y él nos llevará por el camino del amor verdadero...

  3. Ramón Mirada: "Me enamoré de Dios cuando un sacerdote me mostró a un Jesús leproso"

    Comenzó con una entrevista en el programa ‘Hay mucha gente buena’ de Radio María, donde se exponen testimonios de gente que ha tenido un reencuentro con su fe. Tuvo mucha acogida, y de ahí salió una entrevista para Mater Mundi TV. Y, nuevamente, gracias a la buena acogida que tuvo su testimonio, duro pero esperanzador, surgió hacer el libro ‘Me enamoré de un leproso’ (Nueva Eva), que se presenta esta tarde en la parroquia de San José Obrero (Getafe), con la presencia del obispo, Ginés García Beltrán.

    En el texto, el sacerdote diocesano Ramón Mirada –’Pachús’, como le llaman con cariño– narra una vida de sufrimiento y de conversión, en la que encontró a Cristo justo al tocar fondo. Por eso, esta historia la considera más de Dios que de él mismo. Tanto, que en su conversación con Vida Nueva lo primero que subraya es que no le gusta ser el centro de atención, pues “es el Señor quien debe serlo”.

    PREGUNTA.- El título ‘Me enamoré de un leproso’ tiene una gran carga emocional, ¿cómo refleja su historia?

    RESPUESTA.- El libro habla de mí. Era una persona que, hasta los 17 años, estuve metido en delincuencia, en drogas… Aunque había tenido una educación religiosa, es verdad que me había separado de la Iglesia porque pensaba que Dios no cumplía con las expectativas que tenía yo. No me había hecho como yo quería que me hiciera. Todo eso me separó, hasta el punto en el que, cuando estaba ya al borde de la desesperación, mi madre me llevó a confesarme. Y me encontré con un sacerdote que me miró con muchísimo cariño, cuando yo pensaba que no se podía sentir cariño hacia mí. Me sentía como un leproso al que nadie podía querer, porque estaba lleno de pecados y de juicios. Y claro, él me presentó a un Jesús que era también un “leproso”, de ahí el título del libro. Me enamoré en seguida, porque dije, “Dios mío, tú también eres así. Te has mostrado en la cruz para coger todos mis pecados, mis heridas y sanarlas”.

    P.- Entonces, es un mensaje de esperanza…

    R.- El libro está dedicado a toda persona que piensa que nadie la puede querer, que se siente llena de miseria. Para los pobres, para los que han perdido la esperanza. Para los que sienten que nadie les puede querer, con el libro anuncio que sí, hay alguien que les quiere, porque esa es la experiencia que tengo yo. No solo de ese día, que fue el 21 de diciembre del 2001, sino de todos los días a partir de entonces. Sin cambiar mucho, porque sigo siendo miserable, pero Dios me quiere y eso es lo que experimento.

    P.- Y su vida, a partir de ese 21 de diciembre, ¿cómo ha sido?

    R.- El camino ha sido apasionante. Porque claro, si yo hubiera cambiado, todo sería mucho más fácil. Pero sigo siendo una persona llena de miserias, pero consciente de que Dios me quiere de verdad. Porque si yo fuera una persona estupenda y llena de virtudes, se entendería que Dios me quisiera. Pero no, y, sin embargo, poco después me llamó para hacerme sacerdote. Claro, yo no podía concebir que alguien como yo pudiera ser llamado. Pero Jesucristo tiene una pasión por los débiles que ya se ve en el evangelio. Yo no hubiera elegido ni a Pedro, ni a Marcos, ni a Lucas… Pero Dios escoge a los débiles y a los pobres para hacerlos sus íntimos amigos.

    Ahora mismo estoy en la parroquia San José Obrero de Móstoles (Madrid). Una iglesia de gente muy joven, llena de familias. Son diez comunidades del Camino Neocatecumenal. Gente que ha puesto por encima del dinero y del tiempo la transmisión de la fe. Es una parroquia donde, todos los días, ellos me enseñan a valorar la fe por encima de cualquier cosa. Me enseñan hasta qué punto un matrimonio puede querer a Jesucristo. También con la apertura a la vida, con diez hijos o con doce algunos. Es maravilloso verles sin nada de aquello en lo que el mundo tiene puesta su mirada, y a la vez con tanto, porque tienen una experiencia de Dios viva, real.

    P.- Imagino que, a esa sorpresa por el amor de Dios, le siguió la sorpresa por el amor que recibió de la Iglesia…

    R.- La Iglesia es la esposa de Cristo, y es igual de maravillosa. A mi lo que más me ha impresionado es que no hay que dar la talla. Estoy acostumbrado a tantos grupos humanos en los que si no eres alto, delgado, guapo o listo no entras. Sin embargo, en la Iglesia hay espacio para todos, para los pecadores. Menos mal que Jesús ha hecho la Iglesia como la ha hecho, porque así entramos los débiles, los leprosos, los pobres.

    P.- ¿Qué le diría a alguien que ha perdido la esperanza?

    R.- Le diría que se fijara en la Virgen. Es mi otro gran amor. Aunque ella es bella, y su figura nunca ha sido alterada por el pecado, acompaña al leproso. Y, en ese sentido, si uno la mira y se siente mirado desde una belleza y una dulzura preciosa. Creo que, cualquiera que haya perdido la esperanza, si se fija en la Virgen, no solo recuperará la esperanza, sino que no la volverá a perder jamás.

  4. TIEMPO Y ETERNIDAD: Una reflexio

    La cuestión del tiempo es una cuestión particularmente difícil. De hecho,
    cuando uno intenta enfrentarse a ella, lo que suele observar en primer lugar, es
    que no existe un itinerario claro a seguir por el que resulte accesible afrontar su
    problemática. O dicho de otra manera -quizás más acertada- lo que uno
    encuentra ante sí cuando afronta el interrogante del tiempo, es una multitud de
    caminos que se abren ante su posible planteamiento y desarrollo.

    Del tiempo puede hablarse desde diversos ámbitos: tiempo y
    experiencia, tiempo y arte, tiempo y ser, etc. El tiempo es una categoría.
    Concretamente, una variedad de la categoría de cantidad que finalmente se
    analiza de manera más sistemática en la física, que es la ciencia de la
    categoría de la cualidad.

    La cuestión sobre el interrogante del tiempo ha estado siempre presente
    en la filosofía. En el saber «popular» todos tenemos ideas aprendidas y que
    son innegables acerca del tiempo. Así, oímos, por ejemplo, «el tiempo todo lo
    cura»; se nos muestra que el tiempo «va pasando» inexorablemente
    -tempus
    fugit- que nos «arrastra» consigo, que lo va «devorando» todo, etc.
    Enunciados todos ellos de gran calado y transcendencia, expresados
    normalmente en manifestaciones cargadas de gran solemnidad.

    Al fondo lo que subyace es la idea de que el tiempo es una realidad
    inconmensurable. De ahí que al realizar un análisis filosófico sobre la noción de
    tiempo lo primero que observamos es que no es tarea fácil determinar qué es el
    tiempo. Su concepción más general lo considera como un «fluir» dinámico, un
    transcurrir ordenado, conexo y continuo. En cambio, la visión científica del
    tiempo que nos aporta la teoría de la relatividad, nos habla por un lado, de un
    comienzo del tiempo, marcado por el origen del universo; y, por otro, de una
    concepción distinta de la existencia: existir es establecerse en una región
    espacio-temporal fija cuatridimensional. Filosofía y física, pues, entrecruzan sus
    caminos, reconociendo el ámbito filosófico en el científico otra posible vía para
    abordar la problemática del tiempo.

    El tiempo permite ordenar los sucesos en secuencias, estableciendo un
    pasado, un futuro y un tercer conjunto de eventos ni pasados ni futuros
    respecto a otro. En la mecánica clásica a este tercer tipo de sucesos se le
    llama «presente» y está conformado por eventos simultáneos a uno dado. En la
    mecánica relativista la noción de tiempo es más compleja. Los sucesos
    simultáneos -«presente»- son relativos al observador, a menos que ocurran
    en el mismo punto del espacio; por ejemplo, un choque entre dos partículas.

    Así, en la mecánica relativista, el conjunto de eventos ni pasados ni
    futuros no es tridimensional, sino una región cuatridimensional del espacio-
    tiempo. Además, no existe ya una noción de simultaneidad independiente del
    observador como ocurre en la mecánica clásica. Es decir, dados dos
    observadores diferentes en movimiento relativo entre sí, en general diferirán
    sobre qué eventos sucedieron al mismo tiempo.

    En mecánica relativista la medida del transcurso del tiempo depende del
    sistema de referencia donde esté situado el observador y de su estado de
    movimiento. Por tanto, la duración de un proceso depende del sistema de
    referencia donde se encuentre el observador.

    Dos puntualizaciones más. La dirección del tiempo está relacionada con
    el aumento de entropía. Esta conexión parece deberse a las particulares
    condiciones que tuvieron lugar durante el
    Big Bang. Por otro lado, han
    aparecido en la física contemporánea otras concepciones del tiempo
    formuladas por la problemática que suscita la medición de procesos físicos a
    «pequeña escala» ha llevado a formular a algunos autores la hipótesis de que
    pueden existir «irregularidades» en la estructura del tiempo, el cual podría
    aparecer como continuo y «fluyente» a escala microfísica, pero discontinuo,
    «granulado» y, además, «irregular» (en periodos de distintas proporciones) en
    la escala microfísica.

    Ahora bien, la Biblia, revelación del Dios trascendente, se inicia y se
    concluye con referencias temporales: “En el principio creó Dios el cielo y la
    tierra”1 “Sí, vengo pronto” Por eso, las Escrituras pueden dar respuesta a
    los profundos interrogantes que se plantea la conciencia humana -
    determinada por el devenir- sobre la cuestión del tiempo, ya que ellas mismas
    poseen una configuración histórica.

    El Génesis comienza narrando el acto creador de Dios. El acto creador
    impone el comienzo absoluto de nuestro tiempo; Dios preexistía a este tiempo.
    Por esta razón, el texto bíblico se inaugura diciendo «En el principio», haciendo
    uso precisamente del singular, puesto que solo hubo un principio, «el
    principio», momento en el que el universo físico comenzó a existir, pues antes
    de ese instante no había universo. Antes de este «principio» -antes de la
    creación del universo-, no había física, no había «antes». O sea, el universo
    físico no tuvo pasado eterno, pero sí tuvo un principio. De manera que uno es
    el Dios que ha creado y ordenado todas las cosas, quien de la nada dio el ser
    al universo. El mundo ha sido creado y tuvo un «principio» en un tiempo
    determinado, «¡El Omnipotente “creó en el principio” todo de la nada»[1].

    Estas mismas verdades que contienen un marcado contenido teológico,
    pueden ser conciliadas -armonizadas- con los últimos descubrimientos
    científicos que se han realizado en el campo de la cosmología. Así, «la mejor
    evidencia cosmológica hasta el momento de que el cosmos es finito más bien
    que infinito en edad»[2]. Por tanto, la idea dominante de la cosmología es que el
    universo tuvo, efectivamente, un comienzo.

    Para Dios no hay sucesión de tiempo, ni medición de duración. Para
    Dios únicamente existe un «eterno presente». Dios es eterno porque no
    cambia, porque es inmutable. Dios simplemente «es». De ahí que al revelarnos
    su nombre «Yo soy», inmediatamente añade que «Yo soy» es su nombre
    «para siempre»[3]. Por tanto, la cuestión del tiempo y su relación con la
    eternidad ha supuesto un gran interrogante en el pensamiento y en el corazón
    del ser humano en el transcurso de la historia. Desde una visión teológica, se

    concibe el tiempo como el medio mediante el cual Dios va a realizar la historia
    de la salvación.

    ¿Qué es entonces Tiempo y Eternidad? Pues una invitación implícita a
    valorar nuestro propio tiempo, a vivir el hoy. A experimentar en Cristo la
    «Pascua del tiempo», que es su misma Pascua, pasando de una visión del
    tiempo finito y caduco -prisionero de la muerte-, a la de un tiempo de vida
    futura, de salvación
    escatològica, de eternidad. No se trata, pues, de tener una
    visión pesimista o trágica del tiempo, todo lo contrario. El tiempo es obra de
    Dios. Además, Dios es eterno y muestra su total superioridad sobre el tiempo.
    Es por ello por lo que se nos invita a tener una visión positiva del tiempo, pues
    es el medio mediante el cual Dios va a realizar la historia de la salvación, el
    valioso instrumento empleado por Él al servicio de la salvación plena e integral
    del ser humano.

    Gracias a Jesús, podemos asumir con garantías este enfoque positivo
    del tiempo, pues Él le ha dado al tiempo un sentido escatológico, colmándolo e
    introduciéndolo en la eternidad. Solo Cristo es Señor del tiempo, puesto que lo
    lleva a su plenitud y lo domina totalmente.

    Más allá de la concepción filosófica y científica del tiempo, es esta visión
    bíblica la que nos llena de esperanza y consuelo cristiano. Existe un fin, una
    meta, un futuro cierto tras el término de nuestra existencia temporal. Esta meta
    es el cielo -nuestra verdadera patria-, inaugurado tras la santa Resurrección
    y gloriosa Ascensión de Cristo nuestro Señor. De esta manera, a través de
    estos prodigiosos hechos, nos muestra su amor infinito: Él se ha hecho
    temporal para que nosotros seamos eternos. Así pues, el discurrir del tiempo
    nos va acercando a la eternidad, de modo que llegará un momento en el que
    se consumará lo que Cristo nos ha prometido: el momento admirable en el que
    podremos unir plenamente nuestro presente temporal al presente eterno.


    [1]   San Ambrosio

    [2]   Oparin Alexander. El origen de la vida. Editorial Océano

    [3]   Éx 3, 14-15

  5. ¿La democracia funciona?

    Desde la Grecia de Pericles a la nuestra

    Grecia nos ha aportado a todos ciencia, historia, filosofía. Podemos decir que nuestras raíces culturales nacen en Grecia y llegan hasta nosotros a través de Roma. En este legado tenemos una idea, una palabra talismán que seguimos usando a todas horas: democracia.

    Pericles hace triunfar la democracia ateniense en el siglo V (a.C.). El fue el que dio acceso a los ciudadanos de menor categoría, que habían estado apartados del gobierno y el que estableció el sistema de remunerar con dietas a los jurados, a los miembros del Consejo y a los funcionarios designados por sorteo, consecuencia necesaria del principio según el cual las clases desheredadas debían participar en las funciones de gobierno, pues sin una compensación por el jornal que se dejaba de percibir, hubiera sido aquél un derecho ilusorio. (Leyendo esto me acuerdo del PER y las jornadas necesarias para cobrar el desempleo)

    Tales auxilios económicos del Estado se extendieron hasta sufragar los gastos de los espectáculos, por lo que entre el pueblo se acentuaba la tendencia a considerar al Estado como una institución de beneficencia, lo que a la larga acarreara sus problemas, entonces y ahora. Tampoco hay que pensar que la inclusión de los ciudadanos en el gobierno abarcó a todos los habitantes sino tan solo a los que poseían plenos derechos políticos. Los extranjeros, los metecos o los esclavos no tenían ningún acceso al gobierno aunque sí a trabajar o ser alistados en el ejército.

    El sistema democrático griego duró poco tiempo y no se difundió entre las ciudades de la Hélade, pero ya evidenció sus ventajas y sus inconvenientes. No podemos decir que Roma fuera un estado democrático ni que sus ciudadanos tuvieran ningún poder frente a la clase senatorial ni los titulares del imperio, pero al igual que en Atenas el Estado subvencionaba los espectáculos, Roma montaba el sistema de “pan y circo” para tener controladas a las masas y explotaba a los países que conquistaba.

    Creo que los que detentan el poder, ya sean reyes o clases adineradas gracias a su trabajo e industria, en cualquier periodo de la historia no tienen ninguna propensión a compartirlo con el pueblo.

    En América del norte, después de sus luchas por conseguir la independencia de Inglaterra, una clase ilustrada retoma la idea de democracia para organizar un Estado con las colonias y lo plasman en una constitución que se dice democrática, pero Alexis de Tocqueville, después de observar de forma crítica e inteligente aquella novedad, deja constancia en su libro” La democracia en América”  de lo que opina sobre el experimento que vale la pena leer.

    De hecho los indios, dueños de aquellos territorios, fueron reducidos a la nada, como nos contaron tantas películas que vimos el siglo pasado donde los blancos siempre ganaban. De los negros solo hay que recordar a Martin Luther King y su lucha por conseguir que se les reconozca como personas allá por el año 1967.

    ¿Y aquí? ¿Cómo va nuestra democracia?  Los ciudadanos siguen sin tener un efectivo control de nuestros gobernantes, que elegimos cada cuatro años, en el mejor de los casos, sin que sea realmente posible exigirles el cumplimiento de los programas que exhibieron para solicitar nuestro voto, ni examinar la cuenta de resultados.

    Los políticos, aunque hagan discursos y promesas solo tienen un afán, perpetuarse en el poder y gozar de sus beneficios, lo que consiguen controlando los medios de comunicación y dividiendo a la oposición. ¿Democracia poder del pueblo?

  6. Intolerable bufonada

    “Ningún cargo o poder del Estado concede a quien lo ejerce más funciones que las que les confieren la Constitución y las leyes”

    Proyecto de Reforma constitucional de Nicaragua (1995)

     

    En 1939 se estrenó una de esas películas, que con el tiempo, llegó a convertirse en uno de los títulos míticos del cine del Oeste americano: “Dodge City, ciudad sin Ley”. La historia se desarrolla en 1866 en una de las ciudades más importantes del Oeste, dominada por un cacique, que con la ayuda de un grupo de pistoleros y matones, impone su ley mediante la corrupción y el delito. 

    Seguro que salvando la distancia en el tiempo y las costumbres de la época, a muchos, la situación les puede resultar algo más que familiar.

    En la ficción aparece un héroe que asume la responsabilidad de devolver el orden al lugar aplicando el imperio de la Ley. Pero claro, ya sabemos que en la ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

    Me pregunto si en la Sodoma política de nuestros días sería posible encontrar, al menos los diez justos de que habla la historia, que fueran capaces de salvar el sistema democrático y evitar la destrucción que del mismo, tan obscenamente se está amasando.

    Pero como al tonto no le sienta bien el artificio, ni al gobernante la mentira, resulta fácilmente constatable, que como consecuencia de las acciones políticas de los últimos años, todo el sol suele caer a una parte y las tempestades a otra.

    Se ha publicado que el ex terrorista Arnaldo Otegi escribió un tweet que decía: “La decisión del pueblo debe estar por encima de la Ley”. Una afirmación que está en la misma línea de quienes afirman que hay que desjudicializar la política.

    Pocos son los que se han parado a analizar el sombrío significado de esta afirmación, que en el fondo, lo que persigue es dar a quienes ostentan el poder, carta blanca para cometer los mayores desafueros con absoluta impunidad.

    La aplicación de este principio nos conduciría irremediablemente a una dictadura totalitaria, de un signo o de otro, eso sería indiferente. Los resultados serían los mismos: los ciudadanos nos veríamos privados de todos nuestros derechos y ello nos convertiría en marionetas en manos de quienes ocuparan el poder.

    No hay que desjudicializar la política. Lo que hay que hacer —y urgentemente— es despolitizar la justicia.

    Los partidos tienen que sacar sus infectas manos de las estructuras del poder judicial, institución en la que jamás deberían haberlas puesto.

    Por supuesto, no es ese el proyecto del actual gobierno. Si en 1985, Guerra se encargó de matar a  Montesquieu, ahora, 35 años después, al igual que ha hecho con Franco, Sánchez proyecta desenterrar los escasos vestigios que del espíritu del filósofo y jurista francés aún pueden quedar en España y fundirlos en la pira funeraria de su obsesiva ambición política personal.

    Al parecer Sánchez olvida que la gloria mundana se acaba con el mundo, y para los seres humanos, el mundo acaba con la vida.

    El desafiante nombramiento de la nueva fiscal general, permite presagiar un asalto político a los órganos de la Justicia, de tal naturaleza, que no quedarían tan maltrechos, si espada en alto, fuesen invadidos por el séptimo de caballería. Este proyecto no es de hoy. Se encuentra en las raíces de todo sistema totalitario. Da igual que el régimen sea fascista o marxista. Con distinta máscara, ambos persiguen los mismos fines.

    En 2016, Podemos ya manifestó claramente que había que situar en las estructuras del poder judicial a jueces y fiscales que hubieran mostrado su compromiso con el Gobierno del cambio. Más claro agua. No cabe mayor corrupción que poner a la justicia de rodillas ante la política. Igual que en la antigua URSS; igual que en la Alemania nazi; igual que en Cuba, Venezuela, China o Corea del Norte.

    Y ¿Saben lo que les digo? Pues que creer, no creo en las meigas, pero que haberlas, haylas. Donde haya un ser humano, siempre hay una posibilidad de corromperlo. Y los jueces y los fiscales, no están hechos de una masa diferente a la del resto de los humanos. El ex Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido no tuvo el menor embarazo en sentenciar que: “habrá que arrastrar las togas por el polvo del camino”. El Gobierno pro comunista de Pedro Sánchez, no es que pueda arrastrar las togas, es que puede ponerlas a los pies de aquellos que le sostienen en la Moncloa y cuyo objetivo declarado es la destrucción de España. Si el proyecto se llega a culminar, ¡Ay! de aquellos que se atrevan a discrepar, porque donde la Ley no impera, las condenas o absoluciones siempre se aplican en función de la adscripción política del sujeto a juzgar.

    Quienes trabajamos activamente en lo que ´felizmente llegó a ser la Constitución de 1978, y los españoles que la votaron, éramos conscientes del enorme paso histórico que aquel pacto constituía. Era la primera nacida de un acuerdo casi generalizado, y suponía —o al menos eso creíamos— la reconciliación de las diversas «Españas». Unas Españas que desde la guerra de Independencia, ventilaban sus diferencias a garrotazos, como bien reflejó en su famoso cuadro Francisco de Goya.

    A pesar de sus defectos — ¿Qué obra humana no los tiene?— durante más de 40 años, la Constitución del 78 nos ha proporcionado el más amplio periodo de paz, progreso y libertad del que en toda nuestra historia hemos gozado los españoles. Sólo grupos muy reducidos, pero exaltados, xenófobos y separatistas, se opusieron entonces a la reconciliación y a la democracia, y por ello parecían condenados a la marginalidad. Sin embargo, gracias a quienes ignoran lo que es la dignidad y solo piensan en su propio beneficio; gracias a quienes mienten, engañan, deforman la verdad, se inventan una falsa realidad —los follones que diría don Quijote— aquellos a quienes siempre se debió mantener alejados de los centros de decisión, son los que ahora tienen el poder en España.  El PSOE, inmerso en su propia descomposición, a cambio del aparente relumbrar que adorna la pompa y circunstancia de la presidencia del Gobierno, les ha entregado ha puesto España en sus manos hasta el extremo de convertir el cargo en un patético polichinela que va bailando al son que cada uno de los que le sostiene le va marcando.

    Una vez más en su larga historia, el intolerante sectarismo del socialismo traerá el caos y nos sumirá en el infortunio, la desgracia y la indigencia, como ha ocurrido cada vez que ha tenido la prerrogativa de gobernar.

    Quien adapta sus principios a su propia conveniencia, es un árbol sin raíces: ¡Está muerto! Los valores no son simplemente palabras, son aquello por lo que vivimos, las causas que defendemos y por las que luchamos. Son la esencia de nuestra propia identidad y eso nunca será negociable.

    Sin embargo, hoy son los burladores de la Ley, aquellos que nos han traído la mentira obscena, la cobardía y su provocadora hipocresía, los que se sienten insolentemente triunfadores.

    Como en la vieja farsa del guiñol, la burla de enredo y engaño que cada día nos presentan, carece de personajes humanos; los protagonistas son simples e impresentables fantoches de cartón piedra, que bajo la grotesca máscara del diálogo, practican el ancestral arte del perjurio y la traición. En lo más profundo del anfiteatro, como contrapunto de los muñecos de trapo que están en primer plano, se opone el coro de las lamentaciones, y como entorno del decorado, en lo más alto del graderío, en el gallinero o paraíso que diríase en el lenguaje de la farándula, muy desdibujado, desteñido y apenas perceptible, un pueblo ciego, sordo y mudo, al que dicen servir los villanos de esta intolerable bufonada.

  7. Domingo VI del Tiempo Ordinario

    CAMINEO.INFO.- ¿La ley de Dios, los diez mandamientos, nos quitan libertad? ¿Las exhortaciones de Jesús están restringiendo nuestra libertad?… Todos queremos ser libres, muy libres, es un anhelo que todo hombre lleva en su interior, y parece que las leyes nos lo impiden, nos cortan las alas, son un obstáculo para  nuestra libertad.

     

    En el caso de la “ley” que viene de Dios (diez mandamientos) y las exhortaciones de Jesús, no es así, sino todo lo contrario. Porque la Ley que viene de Dios no es una ley que viene de fuera de nosotros y se nos impone, sino que es una “ley” que está inscrita en  nuestros corazones, en nuestra naturaleza humana.

     

    Por tanto, es un Ley que explícita, verbaliza, una manera de ser nuestra. Verbaliza aquello que nos hace bien, y aquello que nos hace daño. Y de esta manera la ley nos ilumina, nos guía, nos orienta por el camino de nuestro bien. Podríamos decir que son como los indicadores para vivir la vida plenamente. 

     

    Un ejemplo para entender esta idea: Matar no es malo porque lo diga la ley, sino como que es malo para nosotros, como que es un acto que va en contra de  nuestra naturaleza humana, la ley lo prohíbe... Es muy diferente.

     

    Lo mismo con el adulterio, no es malo porque lo diga la ley, sino porque es malo para nosotros, porque va en contra de nuestra naturaleza humana, la ley lo prohíbe.

     

    Por esto decía que la Ley que viene de Dios no es una Ley que viene de fuera de nosotros y se nos impone, sino que es una “ley” que está inscrita en nuestros corazones, en nuestra naturaleza humana.

     

    Esto nos lleva a hacer una afirmación que  la gente no puede entender: La ley nos hace libres. Porque la ley me permite andar por el camino del bien. No es una cosa que se impone desde fuera, sino que manifiesta  mi manera de ser.

     

    ¿Qué piensa el mundo? 

    .  La ley es limitadora de la libertad.

    .  Hacer lo que quiero en cada momento es lo que me hará feliz.

     

    Ayer viernes, con veinte padres de la kt-kolla fuimos a Montornés a una sesión formativa sobre la dimensión afectiva y sexual. Los ponentes preguntaban ¿Cómo entienden la libertad? (¡¡en la comprensión de la libertad nos lo jugamos todo!!) Ellos decían: “Poder escoger aquello que nos haga felices”. Buena definición... La libertad no es un absoluto en sí misma… ”ser libre es poder escoger lo que quiera y cuando quiera”. ¡No! Esta libertad absoluta se puede girar en contra del hombre: escojo cosas que me perjudican. Una libertad verdaderamente humana será aquella que me lleve a escoger aquello que me haga feliz. Si no, no soy libre. 

     

    De entender mal la idea de libertad viene el gran batacazo... Dios perdona siempre, los hombres a veces,  nuestra naturaleza nunca... Todo lo que hacemos en contra de ella nos pasa factura...

     

    Hay quien no quiere estar sometido a ninguna ley, pero los diez mandamientos es una ley que llevan en su interior, si no la viven se hacen daño...

     

    La primera lectura hablando de los mandamientos decía: “Ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja”.

     

    Es como si una lavadora de ropa, no quiere seguir su ley (el libro de instrucciones) y quisiera funcionar como si fuera un lavavajillas, se estropeará en dos días... Los diez mandamientos son como nuestro manual de instrucciones para funcionar bien... O los vivimos o nos estropeamos... 

     

    Es una pena, pero muchos cristianos aún hoy no entienden que  los diez mandamientos son una fuente de libertad y un camino para hacer el bien... Y no una limitación a su libertad...

     

    Nos hace falta conocer mejor los diez mandamientos, meditarlos, amarlos y vivirlos plenamente... El catecismo los desarrolla muy bellamente. Jesús nos viene a decir en el evangelio que los vivimos plenamente cuando los cumplimos amando a Dios y al prójimo. 

     

    ¿La ley de Dios, los diez mandamientos, nos quitan libertad? ¿Las exhortaciones de Jesús están restringiendo nuestra libertad? No. Sino que llevan a plenitud nuestra libertad.

  8. A Rubén le empezó a latir el corazón en el mismo momento en que le bauticé

    Tras diez años de matrimonio, Pablo y Sara pidieron la intercesión de Carmen Hernández, iniciadora del Camino Neocatecumenal junto a Kiko Argüello, para que llegara el hijo que tanto deseaban. Ella se quedó embarazada, pero el pequeño Rubén venía con problemas y sus «probabilidades de supervivencia eran muy remotas». Frente al diagnóstico médico, y a pesar de nacer sin vida, el matrimonio se aferró a la oración. «A Rubén le empezó a latir el corazón en el mismo momento en que le bauticé» en la sala de partos, asegura Pablo Plaza

    Pablo y Sara llevaban casados diez años. Durante esta primera década de su matrimonio no habían logrado tener hijos «a pesar de haber probado muchos tratamientos médicos». Su deseo de acoger una nueva vida que, sin embargo, no terminaba de llegar, les llevó hasta la tumba de Carmen Hernández, ante la que rezaron, hace ahora dos años, «para pedirle la gracia de tener un hijo», explica Pablo Plaza.

    Después de orar ante el sepulcro de la iniciadora –junto a Kiko Argüello– del Camino Neocatecumenal, «mi mujer se quedó embarazada, sin ninguna ayuda extra, a principios de julio del 2019». La buena nueva coincidió, además, «con el inicio de la acogida de un niño de dos años».

    Las oraciones habían sido escuchadas, Sara ya tenía a su hijo en su seno, pero ambos tuvieron que luchar para que esa nueva vida saliera adelante. Los problemas comenzaron «a partir de la consulta de las 20 semanas, el 25 de noviembre, cuando descubrieron que mi mujer presentaba incompetencia cervical y el cuello del útero estaba acortado». Los médicos recetaron reposo absoluto.

    A pesar de seguir los consejos de los facultativos, el 6 de diciembre por la mañana se rompió parcialmente el saco amniótico de Sara y el matrimonio se dirigió al Hospital Universitario Doce de Octubre de Madrid, donde la dejaron ingresada. «Nos comentaron que las probabilidades de supervivencia del niño eran, en el mejor de los casos, muy remotas y si sobrevivía, sería con unas secuelas tan graves que no sería humano mantenerlo con vida», asegura Plaza.

    Los médicos «insistían en la no viabilidad de Rubén [nombre que Pablo y Sara habían elegido para su hijo]» y «tuvimos que ponernos tercos con los médicos» para defender «nuestro deseo de intentar salvar al niño». Finalmente, «el jefe de neonatología, el doctor Bustos, atendió nuestro requerimiento y empezó un ciclo de corticoides que aceleraba el desarrollo de los pulmones y el uso de antibióticos que anticipaba una posible infección».

    La bolsa gestacional se rompió completamente el 11 de diciembre, con 22 semanas y cinco días de gestación, y entonces Sara «empezó a tener contracciones, cada vez más continuas y empezó a dilatar». El parto parecía inminente, así que Pablo Plaza volvió a acudir a la intercesión de Carmen Hernández «para que pararan las contracciones. Instantáneamente pararon. Los médicos estaban asombrados porque se hubieran parado de un momento a otro sin haber administrado ningún tipo de medicamento».

    Nació sin vida

    Una semana después, la noche del 17 de diciembre, Rubén se dispuso a nacer con un tiempo gestacional de 23 semanas y cinco días. Se esperaba un parto complicado. El niño llevaba una semana sin líquido amniótico, había introducido una pierna a través de una prótesis colocada cuando comenzaron las complicaciones del embarazo y, además, «venía de nalgas y la placenta tenía una posición anterior, por lo que la cesárea para reducir el sufrimiento fetal era inviable».

    Durante el parto estuvieron presentes hasta 18 profesionales, entre ginecólogos, neonatólogos, anestesistas, matrona, enfermeros y auxiliares. Surgieron infinidad de complicaciones, pero finalmente consiguieron sacar al niño del vientre materno, pero «sin vida. En la misma sala empezaron a reanimarle entre cinco personas. Al poco, la matrona que estaba atendiendo el parto se nos acercó para decirnos que la cosa no iba bien y que Rubén no iba a salir adelante. Nosotros, en ese momento, comenzamos a asumir la pérdida de nuestro hijo con mucho dolor y mi mujer comenzó a rezar», rememora Plaza.

    Los padres, pertenecientes al Camino Neocatecumenal, habían expresado su voluntad de bautizar a Rubén cuando naciera. Los médicos accedieron a su petición cuando ya llevaban nueve largos minutos tratando de reanimar al niño. «Me acerqué temeroso con el agua del Jordán que tenía preparada y bauticé el pequeño cuerpo de mi hijo en voz alta; mi mujer en ese mismo momento hizo una oración a Carmen Hernández en su interior».

    Tras verter sobre la cabeza de Rubén el agua del mismo río en el que Juan Bautista bautizó a Jesús, continuaron las labores de reanimación y «la doctora encargada nos dijo que, sorprendentemente Rubén, estaba vivo y con constantes normales». También advirtió de «que había pasado muchísimo tiempo en parada y estos niños no vivían más de dos horas». Por ello, se llevaron al pequeño a la zona de neonatos.

    Como finalmente el niño había salido adelante, Pablo y la doctora formalizaron «el trámite del nacimiento y el ingreso del nuevo paciente en el hospital». En ese preciso momento, la médico recibió la analítica de Rubén «y, viéndolo delante de mí, se llevó las manos a la cabeza. Me dijo que mi hijo estaba perfecto, que incomprensiblemente no tenía ningún parámetro alterado. Estaba muy sorprendida y afectada».

    Posteriormente, la matrona «nos dijo que había hablado con la jefa de enfermeras y que le había dicho que a Rubén le empezó a latir el corazón en el mismo momento en que le bauticé», asegura Pablo Plaza. De hecho, la matrona –conocida del matrimonio–  también les comentó «que la persona que se lo había dicho preguntó a las demás si se habían dado cuenta de lo que acababa de pasar, por si acaso tenían que testificar y alguno discrepara de lo sucedido, y todos dijeron que sí».

    En la actualidad, Rubén tienen poco más de un mes de vida, «pesa 1.140 gramos y mide 34 centímetros. Va progresando en la respiración, tiene un par de infecciones y el ductus abierto fruto de esta infección, pero aún se sorprenden de la fuerza y ganas de vivir que mantiene. No hay día que el personal del hospital no manifieste su asombro por lo acontecido, suceso al que mencionan como el milagro del 2019», concluye Plaza, que ha mandado su testimonio para que pueda valorarse de cara a la causa de canonización de Carmen Hernández.

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